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El Sembrador N° 15 Año 7 (2007)
El joven y Cristo
Mons. Tihamer Toth

El Bautista

7. San Juan Bautista

Conocido es el espantoso cuadro: Un gran banquete... Herodes y sus amigos están a la mesa. En la mano de una mujer insensata, enloquecida por la pasión, hay una fuente, y en la olla una sangrienta cabeza humana.

¿De quién es la cabeza? ¿Quién tuvo la suerte del martirio? ¿Quién y por qué? El hombre de quien dijo Jesús: “No ha salido a la luz entre los hijos de mujeres alguno mayor que Juan Bautista” (Mt. 11, 11). ¡Qué elogio! Cuando pronunció Jesucristo estas palabras no estaba muerto aún San Juan Bautista; pero Cristo le conocía sabiendo cuál había de ser su muerte al caer mártir del honor, del carácter, de la fidelidad a los principios.

Lo sabía y por esto le alabó tanto. Porque Cristo encuentra sus complacencias en la fidelidad, en el dominio propio, en la disciplina, en el temple de acero.

¿Qué cosa le gustaba más de Juan Bautista? ¿El no haber comido más que langostas? ¿El haber llevado un vestido hecho de pelos de camello? ¡Oh! Todas estas cosas eran medio y no fin. ¿Cuál era, pues, el ideal que perseguía el Bautista? Una fidelidad incontrastable a los principios, una voluntad de hierro, una vida espiritual disciplinada. Un amor ardiente a Dios.
Decía Juan a Herodes: “No te es lícito tener por mujer a la que lo es de tu hermano” (Mc. 6, 18).

— ¡Ah! — Pensó temblando de ira Herodes—. ¿Éste se atreve a reprocharme algo a mí, príncipe poderoso? ¡A la cárcel!

Es forzoso. Es mi deber, es consecuencia de mis principios, no puedo proceder de otra manera… y moriré. He ahí lo que alababa Nuestro Señor Jesucristo de San Juan Bautista.

“¿Qué es lo que salisteis a ver en el desierto?” —preguntó el Señor al pueblo, aludiendo a Juan Bautista, que allí enseñaba—. “¿Alguna caña que a todo viento se mueve?” (Mt. 11, 7).

Las orillas del lago de Genezaret abundan en cañas, y de ahí sacó el símil Nuestro Señor; una brisa, y la caña se inclina a la derecha; otro soplo, y ya se doblega a la izquierda. Pero Juan Bautista no era caña, sino roble. Herodes le hacía promesas... ¡en vano! Le adulaba... ¡inútil! Le amenazaba... ¡como si nada! Se puede cortar el roble; pero nunca se doblará.

¡Querido joven! Tu frágil voluntad, ¿no queda muy atrás en la fidelidad a los principios de la que alentaba en el pecho de San Juan Bautista?

“He caído una vez más. ¡Pero... será la última!” Bien: acaba la caña de levantarse y está enhiesta como el roble; pero viene una brisa tibia, llega la tentación y la caña se inclina de nuevo. Y sobre viene la tempestad de la lucha, y se tumba entonces por completo en el pantano.

Por la noche, cuando repasas todos los acontecimientos del día, seguramente podrás hacerte muchos reproches: otra vez he sido cobarde; no me debí mezclar en aquella conversación tan mala...

Pues bien: Señor, quiero ser roble. ¡Acero! ¡Carácter! ¡Tu hijo fiel! Pero ¿cómo puedo serlo? Sigue el ejemplo del Bautista.


8. La escuela del carácter

¿Cómo llegó a ser un roble San Juan Bautista?

Con una lucha continua. Si; la vida cristiana es un combate sin reposo. ¿Dónde se libra la batalla? En el alma. ¿Quién lucha y contra quién? El bien y el mal, el ángel y la bestia están frente a frente. ¿Quién no sintió en sí estas dos fuerzas antagónicas?

Al principio no fue así. El cuerpo era siervo fiel del alma, y el alma hija obediente de Dios.

La vida era como un día de primavera lleno del esplendor del sol, sin una nube. Pero llegó el momento de desgracia, el momento en que el primer hombre cometió el pecado... ¿Y entonces? Como si algo se hubiese roto en el universo. Un templo que se desploma. Desde aquel momento el cuerpo lucha contra el alma.

Mi alma es un águila, que sueña con aire puro, con bosques, con cimas de montañas, que se lanzaría de buen grado hacia las alturas vivificantes; pero se ve atrapada en la jaula de los instintos pecaminosos y se agita y revuelve en su cárcel.
Desde el momento en que el hombre se rebeló contra Dios, su corazón —según la expresión de un filósofo moderno— se convirtió en nido de serpientes.

Mas la expresión es algo fuerte. Quizás sería mejor decirlo de esta manera: se transformó en desierto estéril.
El desierto, con el debido cuidado, se puede trocar en tierra de cultivo, que da trigo, flor, vida; pero si lo descuidan, crecerán en él espinas, cardos, malas hierbas. Toda tierra dará espinas y malas hierbas si no se la cuida debidamente, y toda alma se corrompe si no es tratada con esmero.

Con esto ya puedes comprender por qué alababa Nuestro Señor Jesucristo a Juan Bautista. Porque con una vida de mortificación y disciplina luchaba el Precursor por la libertad de su alma, por un carácter de temple de acero.

“¡Mortificación! ¡Uff!” Te asusta la palabra. Pero, hijo, no has de mortificarte por la cosa en sí, sino por amor al señorío de tu alma.

Si el freno de las pasiones fuese un fin, si buscáramos el sufrimiento por el sufrimiento, si nuestra mortificación fuera el suplicio sin objeto que se imponen los faquires, entonces habríamos de condenar tal proceder. Pero nuestra mortificación tiene un fin y un ideal: se ata la vid al rodrigón para que pueda crecer con más lozanía; el jardinero poda los retoños salvajes para que pueda el tallo dar más hermosas flores.

La vida cristiana es una mortificación continua, una lucha sin sosiego, la guerra de libertad del alma, que dura hasta el sepulcro.

Los antiguos mortificaban su cuerpo; lo hacían por Dios y por el alma propia. Yo prudentemente quiero imitarlos, por lo menos privándome de alguno de mis platos favoritos.

San Bernardo, en una tentación vehemente, se arrojó a un estanque medio helado: “¡A ver si todavía viene con exigencias mi cuerpo!”. Yo no me atrevo a imitarle; pero, por lo menos, cuando arda en mí la ira, pondré sobre mí el hielo de la serenidad reposada.

San Francisco, en medio de las grandes tentaciones carnales que le atormentaban, se acostó en un lecho de ortigas: “¡A ver si todavía grita mi cuerpo!”. San Martiniano, al sentir la espuela de la tentación, puso un pie en la llama: “¿Cómo, pues, te dolerá cuando estés ardiendo en fuego eterno?”.

Yo no tengo ánimo para seguirlos. Pero por lo menos pensaré cuando me apriete la tentación que un día tendré que rendir cuentas.


9. Disciplina

Tal vez no tengas la ocasión de proclamar en público tu fe cristiana sufriendo el martirio; pero la vida ordinaria del joven está llena de mil fruslerías, de innumerables ocasiones de mortificación y disciplina, merced a las cuales puedes robustecer tu voluntad y mostrar la virilidad de tu carácter.

El jardinero coloca una estaca junto a las plantas más costosas y las ata, para que la tempestad no las rompa. Tu alma inmortal viene a ser también una planta tierna, una flor que se abre y despide fragancia, y sólo podrá resistir a las tempestades deshechas, a los furiosos vendavales de la vida —que acaso ni siquiera sospechas—, si sabes agarrarte al roble inconmovible que hay a tu vera, junto a Cristo, mediante los ejercicios cotidianos de mortificación.

En el fondo del alma humana viven fieras. Si las encadenas no podrán dañarte. Pero ¡pobre de ti si aflojas lo más mínimo sus cadenas! Te morderán, harán brotar tu sangre caliente.

El hombre falto de carácter será como uno de estos “ciclistas” que tanto abundan en la sociedad moderna. Se inclinan para arriba, dan puntapiés por abajo. Así son los hombres, que ante los poderosos se inclinan hasta el suelo, y con orgullo atormentan a los que les están subordinados.

A los hombres sin personalidad podemos llamarlos con palabras del Barón de Eötvos: “Hombres de líneas paralelas”. Si el superior levanta la cabeza y se yergue echándose hacia atrás, ellos en seguida se inclinan hacia adelante; pero si alguien se inclina en su presencia, ellos se yerguen en seguida echándose hacia atrás. Hombres de líneas paralelas...

Espero que tú no querrás tomarlos por modelo. Pues entonces ejercítate de continuo en el dominio y en la disciplina de tus facultades.

Si alguno se burla de ti, no le contestes tú con otra burla; si alguien te abofetea, no le apliques la pena del talión. ¿Te da pereza estudiar? Aprende la lección. ¿Te gustaría jugar a la pelota, pero la mayoría de tus compañeros prefieren otro juego? No hagas una mueca de disgusto ni les digas: “Pues adiós, yo no juego”.

Sólo el que sabe dominarse a sí mismo puede imponerse a los demás. ¿Despierta tal vez tu entusiasmo y simpatía la fuerza desenfrenada, ciega? No. Sino la fuerza disciplinada, ordenada, creadora.

Hay que ver el orgullo que se pinta en la cara de los jóvenes cuando al ir en bicicleta dan recio a los pedales y después los sujetan también con fuerza y se paran en seguida. ¿Por qué les gusta este juego? Porque admira el hombre toda fuerza ordenada, obediente, dócil, toda precisión y disciplina.

¡Oh, cuánto me gustaría saberme dominar a mí mismo! Pero ¿cuál es el secreto para aprenderlo? San Juan Bautista te lo enseñaría: la disciplina y el ejercicio.

Perge pati patiens, pariet patentia palmam!
Sufre con paciencia y la paciencia te dará la palma.

(Tihamér Toth, El Joven y Cristo, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989)

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