Consideraciones para cada día de la semana
Deseando, hijos míos, que tengáis diariamente
un rato de meditación, os ofrezco una corta consideración para cada día de la
semana, y espero que la leeréis atentamente; esto, en el supuesto de que no
tengáis otro libro más a propósito para ello. Después de haberos arrodillado,
decid:
“Dios mío, me
arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; os pido la gracia de
comprender las verdades que voy a meditar y de inflamarme
de amor por Vos. Virgen Santísima, Madre de Jesús, rogad por mí”.
Lunes
El pecado mortal
1º. ¡Si supieras, hijo mío, lo que haces
cometiendo un pecado mortal! Vuelves la espalda a Dios, que te ha colmado de
beneficios; desprecias su gracia y su amistad. Le dices con los hechos:
“Alejaos de mí, Señor; no quiero ya obedeceros, serviros ni reconoceros por mi
ojos: Non serviam! Quiero que mi Dios sea ese
placer, esa venganza, esa cólera, esa mala conversación, esa blasfemia...”
¿Puede imaginarse ingratitud más monstruosa? Sin embargo, esto es lo que haces
ofendiendo a Dios.
2º. Es tanto más negra esta ingratitud,
cuanto que para cometerla te sirves de los mismos bienes que Dios te ha dado.
Oídos, ojos, boca, lengua, pies y manos te han sido dados por Dios, y los has
empleado para ofenderle. Escucha lo que dice el Señor: “Hijo mío, te he creado
a mi imagen y semejanza; te he dado cuanto tienes; has nacido en la verdadera
religión; te he concedido la gracia del bautismo; podía haberte dejado morir
cuando estabas en pecado, y te conservo la vida para que no te condenes; y tú,
olvidando tantos beneficios, ¿quieres servirte de esos medios, que yo te he
dado, para ofenderme?” ¿Cómo no mueres de dolor ante una injuria tan enorme
contra un Dios tan bueno?
3º. Considera, además, que este Dios de
bondad no deja de estar justamente irritado con tus ofensas, y que, cuanto más
continúes viviendo en pecado, tanto más excitas contra ti su cólera; por lo
cual debes temer que el Señor te abandone si multiplicas tus faltas: In plenitudine peccatorum puniet. No porque te falte su misericordia, sino porque
no tendrás tiempo de implorarla. El que abusa de las gracias de Dios, no merece
que Él se las conceda. Grande es el número de los pecadores que vivieron en
pecado con la esperanza de convertirse; pero la muerte llegó cuando menos la
esperaban. Dios no les dio tiempo para reconciliarse con Él, y ahora se hallan
perdidos para siempre. ¿No tiemblas al pensar que puede sucederte lo mismo?
Después de tantas culpas como Dios te ha perdonado, ¿no podría castigarte al
primer pecado mortal que cometieras y precipitarte en el infierno?
Dale gracias por haberte esperado hasta ahora
y toma una firme resolución, diciéndole: “¡Oh Dios mío, cuánto os he ofendido
hasta el presente! ¡Basta ya! Quiero emplear la vida que me resta en amaros, en llorar mis pecados, arrepintiéndome de
ellos de todo corazón; Jesús mío, quiero amaros;
dadme fuerzas. Virgen Santísima, Madre de Dios, ayudadme. Así sea”.
(San Juan Bosco, El Joven Cristiano
Instruido, escrito extraído de Biografía y escritos de San Juan Bosco, BAC, Madrid, 1967, 629-65)