Casas de Formación

En nuestras Constituciones se afirma la necesidad de trabajar en los puntos de inflexión de la cultura, y entre ellos se tiene en consideración la “educación seminarística”.

Es evidente lo necesario y urgente de esta labor apostólica, y más aún en nuestros días. Pues, como ya afirmara Pío XI, la Iglesia “sabe bien que las condiciones religiosas y morales de los pueblos dependen en gran parte del sacerdote”. Se trata de los representantes de Cristo cabeza, encargados por el mismo Cristo de continuar su presencia y obra salvadora en la Iglesia y en el mundo con su triple oficio de predicar, santificar y regir. Por esto, el Concilio Vaticano II, en el documento Optatam Totius sobre la formación del clero, afirma que “la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes”. Con razón decía San Vicente de Paúl: “por mucho que lo pensemos, no encontraremos nada más grandioso en lo que hayamos podido contribuir que el hacer buenos sacerdotes”.

Además de la formación a vistas de la labor sacerdotal, es necesaria una formación propia de la vida religiosa, la cual se prolonga durante todo el seminario, y tiene su inicio en el Noviciado en el cual se conoce más plenamente la vocación divina, particularmente la propia del Instituto.

Siendo conscientes de que el llamado de Dios es gratuito y que depende de su libérrima voluntad, sabe que pueden despertarse en cualquier tiempo de la vida. Existen vocaciones adultas, tardías, pero también tempranas, en las cuales se halla más a modo de germen, germen que para su cuidado y cultivo son de gran conveniencia los Seminarios Menores.

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